Taller de lengua: encajes y pespuntes
martes, 5 de noviembre de 2019
lunes, 28 de mayo de 2012
¡¡¡No lo derriben, que estamos ensayando!!!
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| Teatro Cervantes, Sevilla |
No entréis aquí jamás, hipócritas, beatos, viejos camanduleros, gazmoños, mojigatos...
Fraçois Rabelais (Citado por Louis Pergaud en La guerra de los botones)
Duendes alegres con algo de arlequines, Maricastañas que arrastran más hambre que el perro del afilaó, cabras, macetas de albahacas, nieve asada, encajeros, rábanos, martillos, culos principescos, reyes sin la EGB y, lo más importante, muchachas que no quieren casarse con caballeros de alto plumero. A ver, a ver, "¿cuántas estrellitas tiene el cielo y arenitas tiene el mar?"
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Lecturas,
Literatura,
Taller de teatro,
Teatro
martes, 20 de marzo de 2012
Primavera
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| Suzuki Masajo, Kamegaya Chie, Nishiguchi Sachiko |
Una mujer sola.
Se despierta y mira
la caja de las luciérnagas.
***
***
Sirvo una cerveza
a un hombre
imposible de abrazar.
SUZUKI MASAJO
Baño de luna.
Una sombra negra,
de pie, embelesada.
KAMEGAYA CHIE
Brisa en los árboles
En el pie del bebé
el nombre de su madre.
***
***
Entre contracciones,
intentando matar
un mosquito de primavera.
NISHIGUCHI SACHIKO
70 haikus y senryûs de mujer
Suzuki Masajo, Kamegaya Chie y Nishiguchi Sachiko
Traducción de Vicente Haya y Yurie Fujisawa
Caligrafías y haiga: Keiko Kawabe
Madrid, Hiperión, 2011
lunes, 27 de febrero de 2012
Hilvanando versos
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y
[todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que
[te aguardan
Quema el viento con tu voz [...]
Altazor, Vicente Huidobro
Empezamos con Gloria Fuertes. "Tengo que deciros" y "No sé", publicados en Aconsejo beber hilo (1954) y Poeta de guardia (1968), respectivamente. Si os apetece escuchar otros poemas de la autora recitados por ella, pasad por aquí.
TENGO QUE DECIROS
Tengo que deciros...
que eso del ruiseñor
es mentira.
Que el amor que sintió
era deseo.
Que la espiga no danza,
se mueve,
porque el aire la empuja.
Que estoy sola,
tengo que deciros
aunque me estáis oyendo.
Cómo duelen, me duelen, duelen mucho
las abejas que salen de mi cuerpo.
Que la luna se enciende,
no es verdad.
El pianista envenenaba a sus hermanos,
y los poetas guisan y comen y hasta odian.
Tenía que deciros...
Hoy tengo algarabía.
Cuando piso el paisaje que quiero
se me llena el talle de avispas
y tengo fuerzas aún en los senos y en las manos.
¡Voy a curarme!
(Voy a curarme)
¡La vida me sonríe como tonta!
... (Pero es que) todo es falso...
La verdad,
que estoy sola esperando el coche de línea.
NO SÉ
No sé de dónde soy.
No he nacido en ningún sitio;
yo ya estaba
cuando lo de la manzana,
por eso soy apolítica.
Menos mal que soy mujer,
y no pariré vencejos
ni se mancharán mis manos
con el olor de fusil,
menos mal que soy así...
Gloria Fuertes también supo hacernos sonreír contemplando con insólita ternura lo terrible de nuestra existencia. Escuchad, escuchad el lamento de este ciprés del cementerio, publicado en su Poeta de guardia (1968). Una curiosidad llamada improvisación: en el audio, las sonrisas son tortillas :)
EL CIPRÉS DEL CEMENTERIO
Yo no soy triste,
es que estoy en un sitio
que nadie viene con sonrisas.
Yo no soy triste,
es que todo el que viene aquí
parece como si le faltara algo.
Yo no soy triste
y si no que lo digan los pájaros
a ver
¿qué tienen otros árboles que no tenga yo?
Yo no soy triste,
lo que pasa es que todos me miráis con tristeza.
Lo escogisteis y os quedasteis con su sonrisa. Aquí la tenéis, "La sonrisa", de Eugénio de Andrade, recitado por él mismo en su lengua natal, el portugués. ¡Suena tan dulce!
LA SONRISA
Creo que fue la sonrisa,
la sonrisa fue quien abrió la puerta.
Era una sonrisa con mucha luz
dentro, y apetecía
entrar en ella, quitarse la ropa, quedarse
desnudo dentro de aquella sonrisa.
Correr, navegar, morir en aquella sonrisa.
A qué región me llegaré a buscarte
ahora que reposas a mi lado
en forma de deseo
hombre
cuya belleza apenas
conocía. Cada día me ciñe
su cilicio de ausencia.
Me has herido de vida desde toda
tu muerte
y no hay sueño bastante a tu vacío.
***
De niña
en el colegio
subía por las franjas luminosas
de polvo y sol.
Al ritmo de los aires
que traen lo inesperado
veía cosas
***
Pon un beso en mi boca.
Ámense
tu silencio y el mío.
***
Ven.
Ámame.
Acaricia este amor.
Arráncale las alas de la muerte.
A Laura Casielles, Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2011, la conocéis bien. Los versos de Los idiomas comunes inundaron de calor y sabiduría de niña honesta las paredes blancas de nuestro instituto. Generosamente la red "Nosotras en el mundo" comparte un audio con sus versos. Ay, Elisa se nos llevó “Las mujeres que escriben diccionarios tienen las manos llenas de notas” y “La historia interminable”, pero —eso sí— nos quedamos con “La levedad del pájaro”.
LA LEVEDAD DEL PÁJARO
Aprender la levedad del pájaro.
Sacar los pies del nido y encontrar
que fuera el mundo es limpio
y el cielo es amplio
y no nos queda nada
por lo que valga la pena no amar.
Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir cómo pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a tierra.
Desafiar
la gravedad
como quien desafía
una norma, aprender
la levedad del pájaro.
Olvidar que las cosas pesan
y echarlas al aire,
quedarse quieta y ver
cómo
les nacen
alas.
Lo más parecido a volar
que puedo hacer,
yo que tengo
los pies
de plomo.
Aprender
la levedad
del pájaro.
Trabajaremos con otros audios que podéis encontrar aquí y aquí. También podéis volver a escuchar las grabaciones de Julio Cortázar de la entrada Buenas salenas cronopios cronopios.
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| El paseo, de Marc Chagall |
Cae sin vértigo
A través de todos los espacios y todas las edades
A través de todas las almas de todos los anhelos y
[todos los naufragios
Cae y quema al pasar los astros y los mares
Quema los ojos que te miran y los corazones que
[te aguardan
Quema el viento con tu voz [...]
Altazor, Vicente Huidobro
Allá vamos. Cedimos gustosamente a las otras profes grandes poetas y poemas, y aun así, nos quedamos con un equipo de primera división: Gloria Fuertes, Ada Salas, Laura Casielles, Eugénio de Andrade... Ya hemos recitado antes, pero recordad que en esta ocasión tendremos público y nos temblarán un poquito más las piernas. Para que veáis que son como nosotros y que, como nos dice la gran Gloria Fuertes, “los poetas guisan y comen y hasta odian”, os dejo varios vídeos y audios de los mencionados arriba.
Empezamos con Gloria Fuertes. "Tengo que deciros" y "No sé", publicados en Aconsejo beber hilo (1954) y Poeta de guardia (1968), respectivamente. Si os apetece escuchar otros poemas de la autora recitados por ella, pasad por aquí.
TENGO QUE DECIROS
Tengo que deciros...
que eso del ruiseñor
es mentira.
Que el amor que sintió
era deseo.
Que la espiga no danza,
se mueve,
porque el aire la empuja.
Que estoy sola,
tengo que deciros
aunque me estáis oyendo.
Cómo duelen, me duelen, duelen mucho
las abejas que salen de mi cuerpo.
Que la luna se enciende,
no es verdad.
El pianista envenenaba a sus hermanos,
y los poetas guisan y comen y hasta odian.
Tenía que deciros...
Hoy tengo algarabía.
Cuando piso el paisaje que quiero
se me llena el talle de avispas
y tengo fuerzas aún en los senos y en las manos.
¡Voy a curarme!
(Voy a curarme)
¡La vida me sonríe como tonta!
... (Pero es que) todo es falso...
La verdad,
que estoy sola esperando el coche de línea.
NO SÉ
No sé de dónde soy.
No he nacido en ningún sitio;
yo ya estaba
cuando lo de la manzana,
por eso soy apolítica.
Menos mal que soy mujer,
y no pariré vencejos
ni se mancharán mis manos
con el olor de fusil,
menos mal que soy así...
Gloria Fuertes también supo hacernos sonreír contemplando con insólita ternura lo terrible de nuestra existencia. Escuchad, escuchad el lamento de este ciprés del cementerio, publicado en su Poeta de guardia (1968). Una curiosidad llamada improvisación: en el audio, las sonrisas son tortillas :)
EL CIPRÉS DEL CEMENTERIO
Yo no soy triste,
es que estoy en un sitio
que nadie viene con sonrisas.
Yo no soy triste,
es que todo el que viene aquí
parece como si le faltara algo.
Yo no soy triste
y si no que lo digan los pájaros
a ver
¿qué tienen otros árboles que no tenga yo?
Yo no soy triste,
lo que pasa es que todos me miráis con tristeza.
Lo escogisteis y os quedasteis con su sonrisa. Aquí la tenéis, "La sonrisa", de Eugénio de Andrade, recitado por él mismo en su lengua natal, el portugués. ¡Suena tan dulce!
LA SONRISA
Creo que fue la sonrisa,
la sonrisa fue quien abrió la puerta.
Era una sonrisa con mucha luz
dentro, y apetecía
entrar en ella, quitarse la ropa, quedarse
desnudo dentro de aquella sonrisa.
Correr, navegar, morir en aquella sonrisa.
Ada Salas nos explica qué es para ella la poesía y por qué escribe poesía. Nos recita dos intensos poemas incluidos en su libro La sed (1997). De su libro No duerme el animal, que recopila los poemas escritos entre 1987 y 2003, hemos seleccionado otros tres que nos gustaron especialmente.
A qué región me llegaré a buscarte
ahora que reposas a mi lado
en forma de deseo
hombre
cuya belleza apenas
conocía. Cada día me ciñe
su cilicio de ausencia.
Me has herido de vida desde toda
tu muerte
y no hay sueño bastante a tu vacío.
***
De niña
en el colegio
subía por las franjas luminosas
de polvo y sol.
Al ritmo de los aires
que traen lo inesperado
veía cosas
***
Pon un beso en mi boca.
Ámense
tu silencio y el mío.
***
Ven.
Ámame.
Acaricia este amor.
Arráncale las alas de la muerte.
A Laura Casielles, Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández 2011, la conocéis bien. Los versos de Los idiomas comunes inundaron de calor y sabiduría de niña honesta las paredes blancas de nuestro instituto. Generosamente la red "Nosotras en el mundo" comparte un audio con sus versos. Ay, Elisa se nos llevó “Las mujeres que escriben diccionarios tienen las manos llenas de notas” y “La historia interminable”, pero —eso sí— nos quedamos con “La levedad del pájaro”.
LA LEVEDAD DEL PÁJARO
Aprender la levedad del pájaro.
Sacar los pies del nido y encontrar
que fuera el mundo es limpio
y el cielo es amplio
y no nos queda nada
por lo que valga la pena no amar.
Aprender
la levedad del pájaro. Respirar.
Sentir cómo pasa el aire
por todas las esquinas del cuerpo,
lo más parecido a volar
que puede hacer una mujer
como yo,
con el corazón
pegado a tierra.
Desafiar
la gravedad
como quien desafía
una norma, aprender
la levedad del pájaro.
Olvidar que las cosas pesan
y echarlas al aire,
quedarse quieta y ver
cómo
les nacen
alas.
Lo más parecido a volar
que puedo hacer,
yo que tengo
los pies
de plomo.
Aprender
la levedad
del pájaro.
Trabajaremos con otros audios que podéis encontrar aquí y aquí. También podéis volver a escuchar las grabaciones de Julio Cortázar de la entrada Buenas salenas cronopios cronopios.
viernes, 17 de febrero de 2012
Tortilla natural
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| Ada Breedveld |
Ingredientes
- 22 hojas de un árbol
- 18 margaritas
- 2 vasos de vapor de nubes
- Una pizca de viento fresco
Preparación
Para preparar este plato lo primero que debe hacer es salir de la rutinaria cocina y emprender un pequeño viaje al bosque. Una vez allí, súbase al árbol más frondoso que vea y coja 22 hojas. A continuación arranque 18 margaritas y mézclelas con las hojas hasta conseguir una masa homogénea de color verde claro. Agregue vapor de nubes y una pizca de viento fresco. Por último, déjela que se dore un día luminoso sobre la hierba fresca.
Degustación
Ya que está usted en el campo y luce el sol, busque fresas silvestres para el postre.
Etiquetas:
2ºC,
Creación,
Instrucciones,
Laura Antón,
Receta fantástica,
Taller de narrativa
Ensalada de la A afligida
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| Ajubel |
Ingredientes
- 100 g de tomates apenados
- 300 g de lechuga angustiada
- 40 g de atún acobardado
- 20 ml de aceite agobiado
- 10 ml de vinagre autoritario
- 50 g de maíz de animadversión
- Una pizca de sal de advertencia
Preparación
Troceamos los tomates apenados y la lechuga angustiada. A continuación añadimos el atún acobardado, con mucho cuidado para que no se asuste más de la cuenta. Aderezamos con maíz de animadversión. Finalmente aliñamos la ensalada con aceite agobiado, vinagre autoritario y una pizca de sal de advertencia.
Degustación
Esta ensalada afligida se puede acompañar con agua de amargura.
Etiquetas:
2ºC,
Creación,
Instrucciones,
Lola Romero,
Receta fantástica,
Taller de narrativa
lunes, 13 de febrero de 2012
Helado de algarabía
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| Árbol, sol y niños, de Antonio Álvarez Gordillo |
Para hacer esta receta es necesario romper todos los silencios.
Preparación
Necesitamos 100 g de ira de madre, alborotada con una pizca de azúcar de la confusión y una gran taza de griterío. Una vez mezclados los ingredientes, dejamos reposar en la nevera donde no llega el bramido del viento.
Degustación
Se aconseja saborear este bullicioso helado escuchando el murmullo de las olas.
Etiquetas:
2ºB,
Creación,
Instrucciones,
Postres,
Receta fantástica,
Sara Vélez,
Taller de narrativa
jueves, 9 de febrero de 2012
Pan de ira
![]() |
| Las manos de la ira, de Oswaldo Guayasamín |
Ingredientes
- 150 g de rabia de adolescente
- 150 g de odio perruno de carteros
- 50 g de desprecio felino de ratones
- 150 g de sed de venganza
- 150 g de cólera de anciano gritando: «¡Fuera de mi césped!»
En primer lugar, mezclamos todos los sentimientos reprimidos. Posteriormente, amasamos la mezcla y le damos la forma de un corazón roto. Horneamos una hora hasta que el corazón se queme por dentro, y, finalmente, agregamos toda la esencia del mal.
Degustación
Recomendamos un especial cuidado con la cólera de anciano, ya que puede provocar ardentías.
Etiquetas:
2ºA,
Actividad,
Creación,
Instrucciones,
José Francisco Narros,
Receta fantástica,
Taller de narrativa
lunes, 6 de febrero de 2012
Tarta amistosa
Preparación:
En una sartén repleta de cariño añada una pizca de felicidad. Cuando esta coja el color del arcoíris, incorpore 100 g de respeto. Mézclelo todo bien para que los sabores se contagien. Agregue un par de gotas de aceite de lealtad y una cucharadita de crema de suma confianza. Sírvalo en un plato hondo, muy hondo, y decórelo con hojas de «Siempre estaré ahí» y mermelada de «Nunca te haré daño».
Degustación:
Conviene compartir este dulce platillo con personas que ignoren cómo se rompe un corazón.
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| Embrace of Peace II, de George Tooker |
En una sartén repleta de cariño añada una pizca de felicidad. Cuando esta coja el color del arcoíris, incorpore 100 g de respeto. Mézclelo todo bien para que los sabores se contagien. Agregue un par de gotas de aceite de lealtad y una cucharadita de crema de suma confianza. Sírvalo en un plato hondo, muy hondo, y decórelo con hojas de «Siempre estaré ahí» y mermelada de «Nunca te haré daño».
Degustación:
Conviene compartir este dulce platillo con personas que ignoren cómo se rompe un corazón.
Etiquetas:
2ºA,
Creación,
Helene Marlene Reyes,
Instrucciones,
Postres,
Receta fantástica,
Taller de narrativa
jueves, 19 de enero de 2012
Lecturas: Clarice Lispector
De niña
en el colegio
subía por las franjas luminosas
de polvo y sol.
Al ritmo de los aires
que traen lo inesperado
veía cosas.
ADA SALAS
FELICIDAD CLANDESTINA
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicia» y «recuerdos».
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a sospechar, es algo que sospecho a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: «Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?» Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.
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| Elisa, Tania y Clarice Lispector |
De niña
en el colegio
subía por las franjas luminosas
de polvo y sol.
Al ritmo de los aires
que traen lo inesperado
veía cosas.
ADA SALAS
FELICIDAD CLANDESTINA
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicia» y «recuerdos».
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a sospechar, es algo que sospecho a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: «Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?» Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.
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Lecturas,
Literatura,
Taller de narrativa
jueves, 12 de enero de 2012
Lecturas: Pere Calders
HECHO DE ARMAS
Un día, haciendo la guerra, me encontré separado de mi gente, sin armas, solo y desamparado como nunca. Me sentía algo humillado, porque todo hacía prever que mi colaboración no debía ser decisiva y la batalla seguía su curso, con un estruendo y una cantidad de muertos que ponían los pelos de punta.
Me senté al margen de un camino para hacer determinadas reflexiones sobre este estado de cosas, y hete aquí que, de repente, un paracaidista vestido de una manera extraña tomó tierra a mi lado. Debajo de la capa que llevaba, se veía una ametralladora y una bicicleta plegable, bien disimuladas, claro.
Se me acercó y con un acento extranjero muy pronunciado me preguntó:
—¿Podría decirme si voy bien para ir al Ayuntamiento de este pueblecito?
(Ahí cerca, la semana anterior, había un pueblo).
—No sea asno —le dije—. Se nota en seguida que es un enemigo, y si va allí le cogerán.
Eso le desconcertó, y después de hacer un ruido con los dedos que denotaba su rabia replicó:
—Ya me parecía que no lo habían previsto todo. ¿Qué me falta? ¿Cuál es el detalle que me delata?
—El uniforme que lleva ha caducado. Hace más de dos años que nuestro general lo suprimió, dando a entender que los tiempos habían cambiado. Ustedes están mal informados.
—Lo hemos sacado de un diccionario —me dijo con tristeza.
Se sentó a mi lado, sosteniéndose la cabeza con las manos, según parece para pensar con más garantías. Yo le miraba y de repente le dije:
—Lo que tendríamos que hacer usted y yo es pelearnos. Si llevara armas como usted, ya se lo diría de otro modo…
—No —dijo—, no valdría. En realidad, estamos fuera del campo de batalla y los resultados que obtuviéramos no serían homologados oficialmente. Lo que hemos de hacer es procurar entrar en el campo de batalla, y allí, si nos toca, nos veremos las caras.
Intentamos hasta diez veces entrar en la batalla, pero un muro de balas y de humo lo impedía. Con ánimo de descubrir una rendija, subimos a un altozano que dominaba el espectáculo. Desde allí se veía que la guerra proseguía con gran fuerza y que había cuanto podían desear los generales.
El enemigo me dijo:
—Visto desde aquí produce la impresión de que, según como entráramos, más bien estorbaríamos…
(Asentí con la cabeza).
—… Y, pese a eso, entre usted y yo queda una cuestión pendiente.
Consideré que tenía toda la razón, y para ayudarle sugerí:
—¿Y si nos peleáramos a puñetazos?
—No, tampoco. Debemos un cierto respeto al progreso, por el prestigio de su país y del mío. Es difícil —dijo—, es positivamente difícil.
Pensando encontré una solución:
—¡Ya está! Nos lo podríamos jugar al tres en raya. Si gana usted puede utilizar mi uniforme correcto y hacerme prisionero; si gano yo, el prisionero será usted y el material de guerra que lleva pasará a nuestras manos. ¿De acuerdo?
Se avino, jugamos y gané yo. Aquella misma tarde, entraba en el campamento, llevando mi botín, y cuando el general, lleno de satisfacción por mi trabajo, me preguntó qué recompensa quería le dije que, si no le importaba, me quedaría con la bicicleta.
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| Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders |
HECHO DE ARMAS
Un día, haciendo la guerra, me encontré separado de mi gente, sin armas, solo y desamparado como nunca. Me sentía algo humillado, porque todo hacía prever que mi colaboración no debía ser decisiva y la batalla seguía su curso, con un estruendo y una cantidad de muertos que ponían los pelos de punta.
Me senté al margen de un camino para hacer determinadas reflexiones sobre este estado de cosas, y hete aquí que, de repente, un paracaidista vestido de una manera extraña tomó tierra a mi lado. Debajo de la capa que llevaba, se veía una ametralladora y una bicicleta plegable, bien disimuladas, claro.
Se me acercó y con un acento extranjero muy pronunciado me preguntó:
—¿Podría decirme si voy bien para ir al Ayuntamiento de este pueblecito?
(Ahí cerca, la semana anterior, había un pueblo).
—No sea asno —le dije—. Se nota en seguida que es un enemigo, y si va allí le cogerán.
Eso le desconcertó, y después de hacer un ruido con los dedos que denotaba su rabia replicó:
—Ya me parecía que no lo habían previsto todo. ¿Qué me falta? ¿Cuál es el detalle que me delata?
—El uniforme que lleva ha caducado. Hace más de dos años que nuestro general lo suprimió, dando a entender que los tiempos habían cambiado. Ustedes están mal informados.
—Lo hemos sacado de un diccionario —me dijo con tristeza.
Se sentó a mi lado, sosteniéndose la cabeza con las manos, según parece para pensar con más garantías. Yo le miraba y de repente le dije:
—Lo que tendríamos que hacer usted y yo es pelearnos. Si llevara armas como usted, ya se lo diría de otro modo…
—No —dijo—, no valdría. En realidad, estamos fuera del campo de batalla y los resultados que obtuviéramos no serían homologados oficialmente. Lo que hemos de hacer es procurar entrar en el campo de batalla, y allí, si nos toca, nos veremos las caras.
Intentamos hasta diez veces entrar en la batalla, pero un muro de balas y de humo lo impedía. Con ánimo de descubrir una rendija, subimos a un altozano que dominaba el espectáculo. Desde allí se veía que la guerra proseguía con gran fuerza y que había cuanto podían desear los generales.
El enemigo me dijo:
—Visto desde aquí produce la impresión de que, según como entráramos, más bien estorbaríamos…
(Asentí con la cabeza).
—… Y, pese a eso, entre usted y yo queda una cuestión pendiente.
Consideré que tenía toda la razón, y para ayudarle sugerí:
—¿Y si nos peleáramos a puñetazos?
—No, tampoco. Debemos un cierto respeto al progreso, por el prestigio de su país y del mío. Es difícil —dijo—, es positivamente difícil.
Pensando encontré una solución:
—¡Ya está! Nos lo podríamos jugar al tres en raya. Si gana usted puede utilizar mi uniforme correcto y hacerme prisionero; si gano yo, el prisionero será usted y el material de guerra que lleva pasará a nuestras manos. ¿De acuerdo?
Se avino, jugamos y gané yo. Aquella misma tarde, entraba en el campamento, llevando mi botín, y cuando el general, lleno de satisfacción por mi trabajo, me preguntó qué recompensa quería le dije que, si no le importaba, me quedaría con la bicicleta.
Ruleta rusa y otros cuentos, de Pere Calders
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martes, 10 de enero de 2012
Buenas salenas cronopios cronopios
...esa grave ocupación que es jugar cuando se buscan otras puertas, otros accesos a lo no cotidiano, simplemente para embellecer lo cotidiano al iluminarlo bruscamente de otra manera, sacarlo de sus casillas, definirlo de nuevo y mejor.
...y a la hora de dormir se dicen unos a otros: «La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad.» Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados.
Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.
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jueves, 22 de diciembre de 2011
Llama, de Alba Jiménez 2ºB
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que llega a la ciudad de Llama no consigue verla y ha llegado. Los rayos del sol sostienen la ciudad. Se sube por unas escaleras de luciérnagas. Los habitantes rara vez están a oscuras. Nada de la ciudad toca el suelo salvo unos letreros en los que se anuncia: «Tiene usted luz verde para continuar». En los días nublados las mujeres dan a luz.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Llama: que odian la oscuridad, que respetan los atardeceres y que aman el alba.
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| Fuego bajo un cielo, de Lisandro Demarchi |
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que llega a la ciudad de Llama no consigue verla y ha llegado. Los rayos del sol sostienen la ciudad. Se sube por unas escaleras de luciérnagas. Los habitantes rara vez están a oscuras. Nada de la ciudad toca el suelo salvo unos letreros en los que se anuncia: «Tiene usted luz verde para continuar». En los días nublados las mujeres dan a luz.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Llama: que odian la oscuridad, que respetan los atardeceres y que aman el alba.
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lunes, 19 de diciembre de 2011
Duermevela, de Saray Oliva
Lo que hace a Duermevela diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene sueños. Los sueños cubren completamente las calles, las habitaciones están repletas de camas deshechas. Sobre las escaleras los habitantes duermen plácidamente. Encima de los tejados caminan los sonámbulos.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad soñando, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que tienen pesadillas. Les conviene quedarse quietos y tendidos para conciliar el sueño. Los lugares están desiertos. Hay quien dice que de noche, pegando el oído al suelo, se escuchan los ronquidos de la ciudad.
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| El sueño, de Antonio Álvarez Gordillo |
Lo que hace a Duermevela diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene sueños. Los sueños cubren completamente las calles, las habitaciones están repletas de camas deshechas. Sobre las escaleras los habitantes duermen plácidamente. Encima de los tejados caminan los sonámbulos.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad soñando, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que tienen pesadillas. Les conviene quedarse quietos y tendidos para conciliar el sueño. Los lugares están desiertos. Hay quien dice que de noche, pegando el oído al suelo, se escuchan los ronquidos de la ciudad.
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Do-Re-Mi, de Adela Pazo
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| El violinista azul, de Marc Chagall |
Lo que hace a Do-Re-Mi diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene música. La música cubre completamente las calles, las habitaciones están repletas de orquestas, sobre las escaleras se posa un violonchelo. Encima de los tejados vuelan las partituras.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad, cantando o componiendo, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que sus movimientos son rítmicos. Les conviene quedarse quietos y tendidos, para oír maravillosas sinfonías. Los lugares están llenos de coros. Hay quien dice que de noche, pegando el oído al suelo, se escucha el dulce sonido de un Stradivarius.
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Ruido, de Lola Romero 2ºC
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| El susurro, de Alicia Fernández Escaplez |
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que llega a la ciudad de Ruido no consigue verla, pero sí oírla. Los sonidos sostienen la ciudad. Se sube por un camino diciendo «Miau». Los habitantes rara vez están en silencio. Nada de la ciudad toca el suelo salvo la vibración de las risas de los habitantes que se repite sin parar. En los días luminosos la ciudad se eleva debido a la alegría y al bullicio.
Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Ruido: que odian el llanto, que respetan los aullidos, que aman los susurros, y que nunca se cansan de escucharse los unos a los otros.
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domingo, 18 de diciembre de 2011
Tempus, de Alejandro Bastida 2ºB
Lo que hace a Tempus diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene horas. Las horas cubren completamente las calles. Las casas están repletas de relojes, sobre las escaleras se posan los minutos. Encima de los tejados, los segundos.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad, cronometrando el tiempo, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que tarde o temprano lo conseguirán. Les conviene quedarse quietos y tendidos para escuchar el tic-tac de los relojes. Hay quien dice que existe un reloj atrasado. De noche, pegando el oído al suelo se escucha el canto de un cuco.
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| Árboles de tiempo, de marustahl |
Lo que hace a Tempus diferente de las otras ciudades es que en vez de aire tiene horas. Las horas cubren completamente las calles. Las casas están repletas de relojes, sobre las escaleras se posan los minutos. Encima de los tejados, los segundos.
Si los habitantes pueden andar por la ciudad, cronometrando el tiempo, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que tarde o temprano lo conseguirán. Les conviene quedarse quietos y tendidos para escuchar el tic-tac de los relojes. Hay quien dice que existe un reloj atrasado. De noche, pegando el oído al suelo se escucha el canto de un cuco.
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Averno, de Manuel López 2ºB
Lo que hace a Averno diferente de otras ciudades es que en vez de aire tiene niebla. Lo mítico cubre completamente las calles, los jardines están llenos de gnomos guardianes, sobre las escaleras se posan duendes; encima de los tejados, gárgolas que compiten por la mejor esquina.
Si los habitantes pueden ver con claridad por la ciudad o guiarse por un haz de luz, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que todas las criaturas míticas siguen vivas allí. Les conviene quedarse quietas y tendidas para evitar ser encerradas. La salida está vigilada por centauros. De noche, pegando el oído al suelo, se escuchan los sollozos del ave fénix.
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| Eurídice en el tártaro de los infiernos, de Pedro Guajardo Eguíluz |
Lo que hace a Averno diferente de otras ciudades es que en vez de aire tiene niebla. Lo mítico cubre completamente las calles, los jardines están llenos de gnomos guardianes, sobre las escaleras se posan duendes; encima de los tejados, gárgolas que compiten por la mejor esquina.
Si los habitantes pueden ver con claridad por la ciudad o guiarse por un haz de luz, no lo sabemos. Pero estamos seguros de que todas las criaturas míticas siguen vivas allí. Les conviene quedarse quietas y tendidas para evitar ser encerradas. La salida está vigilada por centauros. De noche, pegando el oído al suelo, se escuchan los sollozos del ave fénix.
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martes, 6 de diciembre de 2011
Encaje de bolillos: 70 manos y 35 voces por la Libertad
La libertad ha de estar siempre en presente
la libertad es un antes y un después
la libertad es mirar la distancia y sentirla cerca
la libertad es sentarse encima de una mesa
la libertad es elegir el mar donde quieres nadar
la libertad es tener un cocodrilo por mascota
la libertad es dormir de día y cantar de noche
la libertad es cruzar con el semáforo en rojo
la libertad es calzarse unas botas de agua en verano
la libertad es perderse en un bosque
la libertad es el humo de la leña
la libertad es romper telarañas
la libertad es poner un más donde hay un menos
la libertad es cambiar los nombres
la libertad es desactivar el mecanismo de una bomba
la libertad es una carta viajera
la libertad es urgente
la libertad es un flechazo
la libertad es dejar marchar un amor
la libertad es aparecer y desaparecer
la libertad es ordenar los factores y alterar el producto
la libertad es escribir en el filo de un iceberg
la libertad es un océano sin marea
la libertad es un fondo con luz
la libertad es saborear el pan
la libertad es memoria
la libertad es del preso
la libertad es del que quiso y del que no pudo
la libertad no es tener un buen amo, sino no tenerlo
la libertad puede caer al vacío
la libertad es gritarle al silencio
la libertad es el miedo
la libertad es ir y es volver
la libertad es nacer
la libertad es escribir este poema.
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| I'm alive, de berkozturk |
...y tendrás que buscarla y perseguirla
por las calles, ciudades, praderas y desiertos
de todo el vasto mundo
porque se deja amar únicamente por amor por ganas
porque ella es más hermosa que una pluma del viento.
LA LIBERTAD ES MÁS QUE UNA PALABRAJosé Agustín Goytisolo
La libertad ha de estar siempre en presente
la libertad es un antes y un después
la libertad es mirar la distancia y sentirla cerca
la libertad es sentarse encima de una mesa
la libertad es elegir el mar donde quieres nadar
la libertad es tener un cocodrilo por mascota
la libertad es dormir de día y cantar de noche
la libertad es cruzar con el semáforo en rojo
la libertad es calzarse unas botas de agua en verano
la libertad es perderse en un bosque
la libertad es el humo de la leña
la libertad es romper telarañas
la libertad es poner un más donde hay un menos
la libertad es cambiar los nombres
la libertad es desactivar el mecanismo de una bomba
la libertad es una carta viajera
la libertad es urgente
la libertad es un flechazo
la libertad es dejar marchar un amor
la libertad es aparecer y desaparecer
la libertad es ordenar los factores y alterar el producto
la libertad es escribir en el filo de un iceberg
la libertad es un océano sin marea
la libertad es un fondo con luz
la libertad es saborear el pan
la libertad es memoria
la libertad es del preso
la libertad es del que quiso y del que no pudo
la libertad no es tener un buen amo, sino no tenerlo
la libertad puede caer al vacío
la libertad es gritarle al silencio
la libertad es el miedo
la libertad es ir y es volver
la libertad es nacer
la libertad es escribir este poema.
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jueves, 1 de diciembre de 2011
Eugénio de Andrade
Para los que quieran conocer un poco más al poeta. Para los que me preguntasteis en clase por sus poemas. Que los disfrutéis.
AUNQUE SEA PEQUEÑA...
Aunque sea pequeña, haz una llave,
entra en la casa.
Consiente la dulzura, compadécete
del material del sueño y de las aves.
Invoca al fuego, al resplandor, a la música
de los flancos.
No digas piedra, di ventana.
No seas como la sombra.
Di hombre, di niño, di estrella.
Repite las sílabas
donde es feliz la luz y se detiene.
Vuelve a decir hombre, mujer y niño.
Donde es más joven la belleza.
EL ARTE DE HACER VERSOS
Toda la ciencia está aquí,
en el modo como esta mujer
de los alrededores de Cantón,
o de los campos de Alpedriña,
riega cuatro o cinco tablas
de coles: mano certera
con el agua,
intimidad con la tierra,
empeño del corazón.
Así se hace el poema.
AUNQUE SEA PEQUEÑA...
Aunque sea pequeña, haz una llave,
entra en la casa.
Consiente la dulzura, compadécete
del material del sueño y de las aves.
Invoca al fuego, al resplandor, a la música
de los flancos.
No digas piedra, di ventana.
No seas como la sombra.
Di hombre, di niño, di estrella.
Repite las sílabas
donde es feliz la luz y se detiene.
Vuelve a decir hombre, mujer y niño.
Donde es más joven la belleza.
EL ARTE DE HACER VERSOS
Toda la ciencia está aquí,
en el modo como esta mujer
de los alrededores de Cantón,
o de los campos de Alpedriña,
riega cuatro o cinco tablas
de coles: mano certera
con el agua,
intimidad con la tierra,
empeño del corazón.
Así se hace el poema.
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jueves, 24 de noviembre de 2011
¡¡¡Alegría!!!, de Cynthia Ventura 2ºC
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| Un paso atrás, tu soledad. Un paso adelante: Tu alegría. *** Sonrío: Mariposa de color ¿Ves la alegría en mí? *** Pajarito lindo ven a mí, cántame tu alegría. |
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miércoles, 23 de noviembre de 2011
El día, la noche y unas alas prestadas, de Helene Marlene Reyes 2º A
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| Mariposa que vuela, mariposa con gracia, Mariposa, déjame volar con tus alas. |
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| Prefiero la noche que en silencio me acuna con una suave sonrisa. |
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| ¡Por el día el sol! ¡Por la noche la luna! Destellos fugaces. |
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Haikus urbanos, de William Restrepo 2º A
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| La calle me llama, colores encendidos en cada rincón. |
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| La pistola sufre cuando dispara. Sufrimos. |
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martes, 22 de noviembre de 2011
Amor, nubes y cactus, de Lola Romero 2ºC
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| Nubes, si lloráis en invierno, sonreíd en primavera. |
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| Cactus, espinas del corazón, sin flores. |
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| ¡Oh, Amor! red de mar, suéltame. |
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Mujeres solas caminando entre ríos, árboles, flores..., de Katherin Dayana Tabares 2ºC
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¡Se fugó la luna! ¡Qué frío!, de Víctor Caña 2ºA
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| Estrellas de la noche sol por la mañana se va la luna. *** Amargan las noches de invierno ¡Qué frío! |
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Alma, corazón y vida, de María Fernández 2ºA
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| Mi alma flota sobre las aguas azules Mi corazón eclipsa a los siete mares Mi vida es más que una estrella. |
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